La exposición, comisariada por Mariano Navarro, se centra en la obra de José Caballero posterior a la Guerra Civil española. Una obra que ha abandonado ya sus inicios surrealistas para profundizar en el camino del informalismo y la abstracción, aunque a través de los textos del catálogo se revive el contexto previo a la contienda que sirve para explicar sus inicios y su trayectoria artística posterior.
El título de la muestra hace referencia a esos inicios marcados por las tendencias que aprendiera junto a sus compañeros y amigos de estudios: Lorca, Alberti o Buñuel y la figura geométrica perfecta, sobre la que se articulara su producción posterior. El círculo es para el artista esencia de perfección sobre la que experimentar lo contingente de la materia a través de la abstracción.
Los inicios de Caballero (Huelva, 1915 – Madrid, 1991) son ilusionantes. Rodeado en Madrid de un ambiente propicio, bajo el amparo de Vázquez Díaz y en contacto con Torres García, Maruja Mallo o Alberto Sánchez, la guerra interrumpe su desarrollo y tardará más de una década en volver a la pintura. A mediados de los años cincuenta retoma su trabajo abandonando el lenguaje surrealista de sus inicios, pero manteniendo esa libertad que había aprendido en favor de una depuración que afecta tanto a los motivos como a la sustancia misma de su pintura.
La abstracción de Caballero, un lenguaje que muchos expertos han leído como respuesta a la desolación moral después de la gran guerra, se aleja sin embargo de la vertiente más mística para abordar su densidad literaria. Según el propio artista, un arte del silencio que “fue la única forma de expresarnos atacando”. En su abstracción no hay nada gratuito, las formas y los colores son intencionados, cargados de un significado que “alguien, algún día, descifrará” y que expresan angustia e incomunicación.
Aunque Caballero también participa en sus inicios de temas comunes como el muro o la crueldad personificada en la fiesta de los toros, poco a poco, se irá desprendiendo de la presencia figurativa hasta llegar al círculo, una forma que articulará casi exclusivamente sus composiciones. En ella no hay que ver la referencia a las filosofías orientales que sí afectaron a sus contemporáneos, sino, tal y como él enuncia, la tradición cultural heredada de la cultura árabe occidental, la caligrafía árabe, el mudéjar, la azulejería, en una permanente búsqueda de lenguajes, con las posibilidades que le abre el trabajo con la materia, instintivo y casual.